top of page

El único permiso que te falta es el tuyo

  • samadhiuniverse
  • 17 may
  • 2 min de lectura

Hay un tipo de postergación del que casi no se habla. No es flojera. No es miedo. No es falta de disciplina.

Es la postergación forzada. Y les pasa, con una frecuencia que duele, a las mujeres que son madres.

Quiero ser clara antes de seguir: no vengo a juzgar, ni a señalar, ni a poner en la lista de pendientes más culpa de la que ya cargamos. Lo que fue, es y será, es como es. Y a veces, simplemente, no hay nada que cambiar.



Lo que sí me pregunto es esto: ¿nos damos cuenta, realmente, de cuántas veces postergamos un deseo propio en nombre del amor, del esfuerzo, del sacrificio — y sobre todo, en nombre del rol de madre?


Yo llegué al agotamiento. No por hacer demasiado, sino por hacerlo todo desde el lugar equivocado: la que siempre tiene que poder. La disponible. La dispuesta. La presente. La poderosa.


Y no es que no sea alguna de esas cosas. Es que no es lo único que soy. Ni yo, ni ninguna otra madre.


Lo que me agotaba no era la demanda. Era la expectativa de lo que "no debía tener que hacer", de lo que "el otro debía hacer", y la cuenta silenciosa que llevaba cuando eso no pasaba. Una expectativa fallida tiene nombre: quejas, reclamos, enojo, frustración, impotencia. Y en el cuerpo: contracturas, inflamación, dolor crónico. En los vínculos: densidad, quiebres, distancia.


El cambio no llegó cuando el afuera cambió. Llegó cuando moví la lupa hacia adentro.

Como dice Viktor Frankl: aun perdiendo absolutamente todo, el ser humano conserva la última de las libertades — la capacidad de elegir su actitud frente a cualquier adversidad.


Eso fue lo que elegí trabajar. No la situación. Mi lugar de observación frente a ella.

Hoy cuando la demanda materna toca la puerta, no me digo "me estoy postergando de nuevo." Me digo: estoy priorizando. Reviso qué consecuencias elijo asumir. Organizo mis tiempos personales para que también sean atendidos. Me aplaudo cada logro, grande o pequeño.

Y digo que no. Sin culpa. Cuando no quiero, cuando no puedo, cuando es no y punto.

Porque aprendí que si yo llegué al agotamiento, fue porque primero no me permití decirme no a mí misma.


A veces será postergar. A veces será priorizar. En cualquier caso, la diferencia no está en lo que hago — está en el lugar desde donde lo elijo.

Y ese lugar cambia todo.

 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page